Nutrir a la madre
par Cata Vargas
Nutrición, cuerpo y alma en el camino de la maternidad
Crédits & contributions
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El vientre de la sociedad late al ritmo de sus madres, son ellas quienes forman la raíz del colectivo. Hoy sabemos, con cruel ironía, que cuando una madre se derrumba, todo su mundo tiembla con ella. Su cansancio es la grieta en los cimientos de la familia. Su dolor no atendido, el origen de futuras tormentas emocionales. Su hambre no saciada, el principio del fin de una genealogía entera. Y sin embargo, caminamos por la vida como sonámbulas, repitiendo patrones que nos destrozan mientras sostenemos el mundo en brazos ya exhaustos. Incluso, nos hemos acostumbrado a normalizar nuestro malestar. Hablar de madres cansadas y drenadas es la norma (“aprende a lidiar con eso!”). La alimentación de las madres cuenta esta historia en código secreto. Durante décadas, la nutrición femenina ha sido modas pasajeras una detrás de la otra, cada una más ajena a nuestra verdad orgánica. Primero nos vendieron la mentira de la mujer-joven-eterna, con sus dietas de ensaladas y metabolismo rápido. Luego, cuando empoderamiento feminista llegó al ámbito de la salud, apareció el culto a las hormonas, los ciclos menstruales convertidos en tendencia, los suplementos para la fertilidad como si fuéramos tierras por cultivar (no está mal, es hermoso y necesario, pero la misma industria se ha aprovechado de esto). El embarazo tuvo su breve momento de gloria médica, solo para ser abandonada en el posparto, cuando más vulnerable está el cuerpo y el alma. La lactancia, ese milagro biológico, se redujo a tablas de peso y porcentajes de grasa en la leche, como si las madres fuéramos fábricas en lugar de seres humanos. Pero la gran traición vino después. Cuando terminaba la cuarentena (esa que en otras culturas dura años y en la nuestra apenas semanas), el sistema nos devolvía bruscamente al molde anterior. Como si parir no nos hubiera transformado a nivel celular. Como si criar no requiriera una revolución alimenticia acorde a la revolución existencial que vivimos. Las dietas que seguían siendo iguales, los horarios que no contemplaban noches en vela, los nutrientes que ignoraban el desgaste emocional de sostener vidas ajenas. La ciencia de la nutrición, tan avanzada en otros campos, seguía tratando a la madre como si fuera la misma mujer de antes, solo que ahora con un bebé en brazos. La verdad es mucho más compleja. Una madre no es un estado fijo, sino un río en constante cambio. Los primeros meses posparto exigen una nutrición para sanar heridas internas, reconstruir músculos destrozados, reponer sangre perdida. Cuando el bebé comienza a gatear, el cuerpo materno necesita adaptarse a nuevas exigencias: sueño fragmentado, estrés constante, hipervigilancia que consume reservas energéticas a velocidad alarmante. La etapa ‘toddler’, con su demanda física brutal, coincide paradójicamente con el momento en que la sociedad espera que la madre "vuelva a la normalidad", como si criar a un pequeño terremoto fuera compatible con los estándares de productividad capitalista. Y luego viene la adolescencia, ese duelo anticipado donde el cuerpo materno debe aprender a sostener no solo el peso emocional del desapego, sino también los cambios hormonales propios de la premenopausia que a menudo coinciden con esta etapa. Cómo hemos llegado a creer que podemos atravesar este viaje épico alimentándonos como cuando éramos estudiantes universitarias? Qué clase de engaño colectivo nos hace pensar que el café y la fuerza de voluntad son suficientes para sostener esta transformación constante? En las grietas de este sistema roto nació Nutrir a la Madre. Nació del dolor concreto de mujeres reales que se derrumbaban en silencio mientras el mundo les pedía sonreír. De madres que amamantaban con hambre porque nadie les había dicho que la lactancia utiliza tanta energía como correr un maratón. De mujeres que se reconocían en el espejo después de años de crianza y ya no sabían quién era esa persona cansada que las miraba. Nació de la certeza visceral de que alimentar a una madre no es solo darle nutrientes, sino devolverle la dignidad de su proceso. Porque nutrir a la madre es reconocer que cada bocado que lleva a su boca es un acto de rebeldía. Es rebelarse contra la idea de que su bienestar es secundario. Es escribir, con los actos cotidianos, una nueva mitología donde el autocuidado no sea lujo sino fundamento. Donde alimentarse bien no sea un deber más en la lista interminable, sino el primer paso para sanar generaciones. Esta es la revolución que comienza en el plato y termina en el alma. La que no se conforma con dietas perfectas, sino que exige vidas posibles. La que entiende que para cambiar el mundo, primero hay que alimentar a quien lo sostiene en silencio. Una revolución sin estridencias, pero con raíces profundas. Como las buenas madres. Como la buena tierra. Como los verdaderos cambios que perduran.
